A mí que me acusen de lo que quieran.
He fumado en la terraza cuando esta estaba cerrada.
Le he enviado flores por primavera a Pepa; tu no sabes como se ponía si no llegaban ese día; pero claro que mi señora, me pida marcha, cuando acabo de colgar un cuadro, pues no sé.
Será que quiere que me acuerde de ella, pero no es nada fácil. El que yo sea un narizotas y haya encontrado satisfacción, sólo en mi sexo, cuando llevaba años apostando por las cartas del Tarot y mi próxima vida, me reconforta.
Ahora, por fin, sabe aprovechar mis habilidades y nos crea una alegría mutua
El pasado fin de semana, en nuestro nido, ahora, de amor en las montañas que han dejado de proteger para, ¡hostias, tú! que unos cayetanos se pongan a emular unos naturales en una carretera comarcal, es que se tiene que estar degradando todo a una velocidad infrenable.
Vuelves, hambriento, las dos de la tarde y dos parejas, se estimulan ante la visión de una quietud porque el aire ni tan siquiera el mueve la muleta.
El contar esa visión distópica a mi mujer, pienso, puede haber sido ese cambio de actitud ante el sexo. No ya los cuernos con sus feronomas, que la han llevado a ese estado de catársis. Es la capa y esa mirada entregada, ausente del émulo de toreo, ante un toro que le anuncia corridas por como ve a su chica. Emocionada, entregada.
A nuestro alrededor pasaba todo esto y en el cielo unos buitres planeaba sobre los restos de una caza que se estaba produciendo. Victoria siempre se había puesto nerviosa, miraba al cielo y contemplaba como esa quietud en las alas no presagiaba nada bueno.
Al explicarle la quietud del sujetador de capa, le dió por mirar en un libro lo del sexo tántrico.
¡En buena nos hemos metido!
Los buitres de forma pausada, iban trazando círculos, cada vez más pequeños; de forma sucesiva parecían mirarnos, cagaban sobre el siniestro y se alejaban un poco más. Allí de forma sorpresiva empezaban un descenso ligero pero constante hacía las víctimas de los otros. Ahí se manejaban bien.
Como el diestro, con el fantasma del toro, ellos no homenajeaban a sus propias víctimas, las 7291 personas muertas en medio de sufrimientos y falta de una atención que podían haber hecho obligatorias en un Estado o Comunidad que tiene que poner todos los medios públicos y privados al servicio de la dignidad de las personas.
Las dejaron morir entre sufrimientos, porque nunca vieron seres humanos, sólo números con los que jugar para obtener sus máximos beneficios. Las negaron lo más precioso que se le puede dar a una persona que está sufriendo, es hacerlas sentir que eran vidas, en peligro, pero protegidas por quienes han sido votados. Existió tanta inhumanidad, tanta miseria.
Ahora los muertos, creen que no los ha provocado esa política de dejar todo a lo privado, a lo concertado, que es su seña de identidad.
Consiguen que sus millones de euros dado a las hienas mediáticas pongan el foco en el gestor inmediato de la infraestructura.
Ante esto, se lanzan furibundos para crear una narrativa, donde esa iglesia empresarial, les da un soporte de indignidad en los que una sociedad de las apariencias obligan a fotografiarse con quien ha sido una representación, ni tan siquiera animal, con principios, sino monstruosa de la falta de sensibilidad hacia quienes les han ido confiados
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