Ahora que con el programa Ireal está en uno de los mundos por los se intenta realizar descubrimientos, reafirmarse en percepciones de impunidad que se tienen dentro de lo habitas, es una necesidad.
Puedes haber sido de pequeño y mayor un acérrimo seguidor de un equipo, siempre superficial que es un abismo, con quien ve todo lo que se echa de él.
Tal vez te sepas la alineación del equipo juvenil, ahora más, por tener su entrenador con raíces comunes, el femenino, con sus jóvenes Irune, Pau, Shei e Iris que van llegando.
Todo eso, lo mamaste y es muy difícil desarraigarte de las emociones.
Contemplar las diferentes generaciones del Barcelona, que las forman, las cuidan, llegan, las dejan consolidarse y tienen bellos frutos como jugadores cómplices con un proyecto, no se lo puedes negar a tu inteligencia.
Ver, en comparación, como se minimiza, se tapa, se cambia de temas en comportamientos casi delictivos, como el de Rüdiger el otro día el Getafe, te abochorna; te hace ver que existe un poder por detrás que no activa todos los protocolos para evitar la violencia que hace un daño a la sociedad, a la que siempre en sus spot publicitario venden que cuidan y respetan a los niños. Ver esos rasgos, casi psicopáticos de ataque a otro jugador, no lo puede admitir nadie, ni por supuesto un seguidor del equipo que mantiene a ese violenta persona.
Por la salud del contrario, sólo es un hombre embutido en una camiseta diferente, que sufre la agresión y el ejemplo hacía los niños, cuando no se es publicidad, sino la pugna por un partido que podría pasar de largo en la historia del juego, pero quedará marcado por esa acción tan despreciable.
Cuando ese manto de silencio se impone sobre ese execrable acto, como el de la exaltación fascista a las puertas de un estadio que debiera servir sólo como escenario para un juego, algo está pasando en nuestra sociedad. Un relato se impone donde se ve al otro como objeto a denostar, digamos Lamine, digamos Guardiola, y admitimos y protegemos a nuestros demonios, esos señores del córner que insultan a Yamal cuando va a realizar un saque de esquina, esa parafernalia fascista a las puertas de un Estadio que no es de su amo, con sus palcos de mercaderías, sino de festejar un juego.
No se puede extrañar uno que igual que se la intenta desaparecer a esa violencia ejercida por Rüdiger, se calle y minimice la que ejercer el mercenario Vito Quiles sobre Sara Santaolalla.
Si a Rico, jugador del Getafe, se le "rodillea" y se oprime contra el suelo, permitiéndosele un equipo que le paga. A Sara se lo está pagando un partido popular que lo único que tiene que hacer es aceptar o discutir las críticas que le está haciendo está politóloga.
Podrían negar el carácter de público del equipo de fútbol, pese a que las instituciones de la ciudad le han abierto campos de explotación y le han permitido acciones cuestionable y exonerado de pagos que le diferencian de tantos otros.
Aquí una mención especial a mi estimada peña Zorra Alcarreña, nunca suficientemente nombrada por toda esa lucha contra la violencia hacía los otros, sea equipo contrario o árbitros. Un hurra para ellos.
Es duro contemplar, impotentes, como estos mercenarios han dado un paso más en la violencia verbal que ejercían sus mayores, ese amancebado y apesebrado Jiménez o ese nunca exiliado Herrera, que vive bajo santo manto que le exime de la responsabilidad de sus bulos.
Ahora es la violencia física, coercitiva y salvaje y avisadora, la que sólo demuestra la impotencia no de esos paniaguados, sino de un partido Popular para rebatir las afirmaciones de Sara.
Las camisetas futboleras y políticas en los que andamos encerrados, en este momento nos reclama, como dice el poeta y recuerdan sus lectores, que tenemos que abrir nuestros balcones y mirar para ver lo que está sucediendo a nuestro alrededor.
Tratar de minimizar las violencias de Rüdiger o de Vito porque algo habrá hecho el contrario, nos minimiza y de esas violencias que admitimos en los nuestros, de alguna manera, somos culpables y exportadora para la convivencia en nuestra sociedad