Dulio Martínez llegó con su caballo, habiendo atravesado aquella cordillera.
No fue fácil, sólo había sufrido tanto intentando atravesar la senda de la comprensión del ritmo a la hora de ejecutar canciones, que es lo que había hecho en los últimos tiempos; al parecer, así es como lo creían; es más, lo afirmaban sus profesores.
A Dulio, llegado hasta aquel punto le dió por dar medallas. No poseía ni aquel lugar, ni pensaba que se quedaría mucho, pero un buen entretenimiento, pensó, sería hacerse el fuerte con aquellos que pasarán por allí.
Una cabra, que dijo beeeeeee, fue la primera transeúnte, pese al premio, no evitó ser la más regañada porque habían escatimado soltar a hiena, silente a su pesar, otros dos o tres bees, como si fueran jugadores del Madrid, a los que se tiene que dar todo.
De esto, por favor, me dice Pili, no hagamos sangre
Después, se procedió a premiar; sin haber dejado escrito o grabado el porque en algún archivo del mismo; se le entrego a una mariposa pero no se sabe si por humildad o por juguetona, ya que se fue haciendo la remolona y nuestro héroe tuvo que coger un "cazasusodichas" para que se estuviera quieta, al menos, en el momento de la imposición y las palabras protocolarias.
Hubo mala suerte con esta agraciada que enseguida se convirtió en desgraciada; fue apretar un poquito más de la cuenta y si, la pudieron ofrendar el premio, para ya había muerto, con lo cual, Dulio, podemos decir, que daba premios, a título póstumo, en este caso, sin que eso ya no hubiera entrado en sus planes. Por querer ser ejemplo de vitalidad.
Un bajón, hemos de decir, si que le dió, pero bueno, es lo que tiene los seres llamados a escribir su historia, aunque sea en un pequeño blog.
Se recuperó al instante y se hizo acreedor de conceder su última medalla, ya con un apretón de "padre y muy señor mío", haciéndolo en forma, incluso maloliente a la ilustr María Codicia. Esta había llegado con aires de grandeza y también con un cierto olor que Dulio y su caballo les hizo sospechar.
Tenía prisa que es lo contrario que le pasa a los premiados que quieren exhibirse delante las cámaras y con los photocall a su servicio, que, a no dudar mucho, la engrandecían.
Aún y todo, con las premisas que se cumplen en las películas para gloria del protagonistas y las revistas del corazón, abdetas a pagos en sucio y trajes de cola, nuestra Codicia, que hemos de aclarar, era suya y sólo suya; quiso irse, eso sí, eufórica, mostrando tanta alegría como necedad.
No podemos decir que la última palabra sea injusta; como explicación les daremos que se fue a servir un café al rey de la porqueriza. Quien así se había autonombrado el porquero Tropo, con la aquiescencia de unos hambrientos cerdos.
Hemos de decir que María, servía el café con una sumisión ejemplar, tanto como para ganarse dos magdalenas y tres vientos que le llegaron de Dulio, ya detrás de un pino, y que, aunque de lejos, cubrieron de gloria a quien tanto se lo había currado.
Malas épocas, donde las bestias son objeto de culto