Sonia se sienta al borde, consciente del riesgo, embelesada por la belleza que contempla. Bajo sus pies, unas piedras afiladas, más adelante de ellas, la arena finísima de una playa sin horionte a la derecha, a la izquierda un cabo, sin rango pero con codiciosas piedras que son tan inconscientes que parecen querer enterrar un oceáno. En este, las olas llegan excitadas, como si quisieran penetrar una superficie que la coge y la abraza.
El agua que se queda recorre cada poro ansiosa; la que se aparta, coge fuerzas para saciar la boca con el aroma de un grano de una arena con dedos para el extasis.
Ella participa en esa fusión, atardece; ha llovido, las nubes han cubierto el cielo, como el manto en el que cayó con Efraim que fue el final de una inocencia.
Abandono la especulación de un futuro idealizado y cogió el cuerpo que amaba contener y le repartió tantas caricias como besos recorrieron profundidades, estallando fuegos cuando él la devolvió cada una de sus mensajes, con una pasión escondida en una finura que la desequilibraba, aun cuando ya sentía hervir su sexo.
Alberto, mientras, en su nave, sentía que el viento le acercaba a un faro que le atraía, bajo aquella lluvia que le envolvía.
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