viernes, febrero 06, 2026

Tristezas y agua

  Ver vídeos promocionales de un espacio que es parte de tí y de las ausencias que te golpean es un recorrido dañino por el que se pasa como de puntillas.

   Las días de plomo caen con una pesadez a la que pides un poco de respiro. El tiempo dicen que cura y sin embargo los segundos son pequeñas estalactitas que te mantienen despierto y dolorido. Escuchar un universo de sonidos es la biblia de haberlos tenido y las páginas que apenas puedes pasar, como lector de actos.

   Salir del puerto es desplegar las velas, sabiendo que la galerna de recuerdos te hará guardar parte de la vela para poder seguir un rumbo, ahora cambiante, buscando estrellas que calmen tu sed de un instante más.

  Está, de forma dolorosa y porque no, cruel, sin la presencia física, pero te has convertido en otro como nos decía Kavafis en su poema: Itaca

    Ha merecido la pena llegar hasta aquí, cuando emprendisteis este viaje no era el que eres ahora; y eso es lo que tienes que amar. Lo aprendido y amado juntos. 

    Estos días sin horizonte, amanecen pesados, el sol parece quere golpear y el barco, no parece tener timón y la vela, esa vela para vientos portantes; te espera porque aprendiste que en ceñida, casi contra el viento del dolor que crees quisiera paralizarte, tiene un mástil que te ayudará a salir a la alta mar. 

   El mástil tiene el aroma de los abrazos infinitos y la firmeza de quererte ayudar. Es del material de los sueños que le permitiste cumplir y de la templanza que quiere que sigáis adelante.

  La belleza de haber elegido explorar, abrió tantas Itacas; que la siguiente, con los ojos borrosos, estará ahí delante, en esa imagen dibujada entre oscuros días que os pida que seáis lo que le disteis. 

  Y si, están las sirenas de cantos para atraer a los acantilados, estará un gigante con ansias de comer vuestro futuro, pero están tantos y tantos marineros-as que también sienten que se les escapa entre los dedos aquellos sueños conjuntos. Ahora los cumplirán doloridos, satisfechos porque hasta ese momento de vidas conjuntas, al que ya no pueden atrapar, les ha hecho más humanos, más sabios. 

   Aprendieron a amar un mundo con él, y ahora esa forma de vida les ha puesto ante un océano al que navegar.

  

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