Ahora que en las chirigotas de Cádiz nos dicen "verdades del barquero" con tanta acidez como certeza envuelta en ironía, acerca de esas ideas teledirigidas por grandes inversores para hacer a los viejos culpables del actual momento y amenazarnos con un peor futuro que con el paso de estos días, tiempos entregados al mercado, las padeceremos repetidas y aumentadas que nos ira golpeando desde las ondas durante el resto del año desde los altares de los informativos y tertulias con voces de comerciales "bienpagas" y "todoexpertos "
En este, sólo instante, de denuncia, nos adormeceremos entre voces, pitos, kazoos, soñando no ser sólo metido en un salón de actos de "días de carnaval", sino proclamar nuestra disconformidad en la calle.
Pero la calla ya no existe, o, al menos, nos la hacen temer porque vemos querer robar a una mujer mayor, ahogar para obtener oro o poner señales de clavos y botellas para hacer pensar.
Nos refugiamos en las teclas que escriben este texto o el twits en las que apoyamos todas las causas justas, aunque estas se apagan con un enter.
Ahora la calle es de los desvergonzados, de quienes son apoyados, por los fuertes, por quienes se dicen rompedores, de quienes hablan de motosierras para un estado que no termina de entenderse.
No nos aclaran que quienes tienen la empuñadura son los de de siempre. Los que tienen capacidad para comprarlas.
Nos divierte la visión de lo rompedor; aquella nena estaba feliz con su "nueva" Argentina; pero del gobierno que llegó aquí, nos muestra que los Abascales sólo son servidores de las grandes empresas, como Milei
La codicia quieren ya el pastel de las grandes ganancias, en las pensiones, señalando a los mayores como egoístas, en la sanidad privada, tomada por la población migrante; en la enseñanza, que aquí se van dando pasos de forma salvaje a la universidad privada; que tiene la capacidad de vender los títulos de los que tanto gustan adornarse quienes no lo quieren tamizar con el tiempo de estudio.
A cambio de nuestra entrega y sumisión, el ofrecimiento es de grandes banderas que nos emocionen, sin saber porque y aunque luego se rasguen por grande y falsa; la patria blanca, sin reconocer que es rosácea y que los más firmes son, tantas veces, los más mezclados. Una religión común que nunca se práctico, ni cumplió, como la Constitución y que bajo ese paraguas al que se entrega la grandeza de "La verdad" que pone en trono, se esconde los más mentirosos, los más ávaros y sus más señalados pecadores que, por supuesto, no tienen ninguna vergüenza en traspasárselo a quienes les enfrentan.
Los emboscados en sus bufandas y gorras, discípulos de la violencia, son mostrados como los escuadristas de Mussolini, como una forma de mensaje que tiene la consistencia de unos puños y unos músculos al que les guía los pitos que siguen
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