sábado, febrero 21, 2026

Mi señora y el autobus 4 y pico

  Nos miramos un instante, Janis suena y la montaña se esconde, alguien sale de la cocina y mi mujer me mira con cara de preguntarse que habré hecho. Bajo la cabeza y Sinnead empieza Mother, Sara se eriza y entono el himno y la cantante ata lazos.

  En Sweny, aquel joven seguirá dando vida a los mundos de James Joyce y ahora, será el autobus 47 en el que subamos a nuestra rebeldía.

  Benito, venido de algún hambre, ha montado hace tiempo, va sentado en el medio; se ha puesto cerca de cierto pulsador al que suele recurrir cuando cree que la agonía en la que vive puede sufrir un quebranto. Recuerda a aquella niña que contaba como su familia se había echado en manos de un bocazas para ser encadenada a la desesperación en la que se iba sumiendo su país. 

 Él se aferra a sus cadenas y en cuanto ve un movimiento extraño en ciertos viajeros, apreta el, su, botón para bajarse en la estación desesperanza.

  Hoy, un mano le retiene cuando empieza esa acción condenatoria. Busca los ojos conocidos en los que de forma sorprendente ve un atisbo de esperanza. 

   Baja la mano y todo acontece en breves horas, que son las que pasará retenido en una celda llamada sueños. 

   Mi señora, contara después Benito, le enseñó un pasillo en aquella guagua por donde Félix le indica que avance y no pulse el pánico, donde caer vencido; allí casi escondidos, tapados por masas de brazos alzados hacía la barra de la seguridad; existen cuerpos y, lo más importante, mentes que han roto los relatos clásicos.

   El bus parecía contener el conformismo de los relatos televisivos. 

   En unos, se veía la soberbia de quien se creen dueños de los amos de esa tierra, cuando, a la vez, al mismo puesto de trabajo degradado. En otros, se les contemplaba leyendo un libro, confiados en lo público que te atiende a duras multitudes por no poner todos los medios por los que se viajará en los asientos dignidad.

   Los más voceras, era el tercer grupo, reclamaban lo que en otros lares, descuidaban pero tenían la facultad de no tener ni escrúpulo, ni complejos.

   El grupo que le había integrado, a ratos, parecía ser aplastado por alguno de los anteriores, pero de forma sorprendente se protegían; unas veces, con melés y señalaban quienes eran los culpables de que la vivienda no fuera un derecho constitucional por encima de la especulación, en Méjico, jueces elegidos por el pueblo, habían cambiado la historia para ser respetados por lo que hacían, no por quienes mandaban. 

   En otro momento, cuando aquellos colectivos anteriores le parecían señalar por el color de su piel; todo ese grupo minimizado se erigía en una ruck y protegía a nuestro Benito, mientras aquellos acosadores pateaban el césped porque en ese momento no habían podido deportarle de ese viaje, ahora a una pradera llamada esperanza.

    Las tres masas uniformes, aunque se erigían como diferentes, actuaban al unísono para tapar las acciones de ese grupo. Sus televisiones las invisibilizaban o cogían un problema para minimizarlas hasta el cero. Sus voceros gritaban los cambios para aceptar lo que habían pedido esos numantinos, para apropiarse de lo que ahora es un éxito de uno de los entronables.

    Parecía triste el futuro, más cuando vestían de comunión a los infantes que fueran de la mano del lector confiado en lo público. Incluso, ahora, los cuatro grupos cantaban y gritaban a voz desgarrada para más ruido; que buena en la Constitución que nos saca de paseo por los barrios tomados.

    Benito y aquellos tipos, Podemos se decían llamar, a cambio actuaban y buscaban los propios caminos, donde sí, se cumpliera la Constitución.

    A pesar de sus llamaradas de rabia que manifestaban de las formas más obscenas, burdas y canallas, Benito había compendido que merecía visibilizarse porque trabajar en la otra dimensión donde no eres nada, es la entrega a la desaparición en la propia. Y sí, 

    PODEMOS

No hay comentarios:

Siameses y mercader

Siameses y mercader
Zaida, Fernando y