Se acaban momentos ficticios parar corroborar los suelos que te sustentan entre rupturas.
En aquel bar, vuelvo y ya no encuentro ni a José Marti, ni al fiscal Mena. Alguien observa con igual desprecio, por su superioridad digamos que pecuaria.
Antes de irse, amaga con vomitar como buen Manolo; un grande el entrenador del Espanyol. Este, ser superior cuando va a potar, le meto en el libro de Kae y le minimizar.
Dulce le recuerda que sus compañeros, hoy, permiten que en ladrón, primero, evasor y mentiroso se manifieste por las calles de Madrid, como un chulapo.
¿No le incómoda que su percepción de la democracia se la enmierde tal personaje? Le pregunta agria, Dulce.
A mi no me incumbe, no le contesta mas que con su mirada de odio.
Ni eso, ni que las esclavas, maestras, eduquen a sus hijas, ya las colocará él.
Un pedante le da la razón, ¡joder! peor es la partitocracia. Mejor los individuos y si es rico pues mejor.
Algo habrá hecho y se queda mirando a Víctor de Aldama.
Oh nooooooo!
¡Es un juez tio! Proclama el trono del otro
Existen algunos Moro, éstos traicionan trabajan para ellos y su provecho; otros que saben de los campos de exterminio, para los justos que es salir por peteneras
¿A ellos?
Con uno, vale. Los demás callaran para siempre.
¿Subirán a los cielos, a los que dicen creer y querer llegar?
Antes un camello, José, atravesara los ojos del Guadiana y Penélope no se quedará esperando, y por lo tanto el traje lo terminará Agustín.
Bueno, no del todo, pero, al menos, satisfecha, la persona infame que proclama libertades a los desheredaros.
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