Si miramos por varios teleobjetivos, en uno podemos observar a Sofía, su vitalidad y el abrazo en el que vive.
Empatizamos con su lucha y nos conmueve su vitalidad porque la expresa en la naturalidad de sus gestos.
Alguien por otra mirilla, está apuntando a la cabeza de una niña; existe una diferencia, en esta, debajo hay un arma y una bala destrozará la vida de un ser cansado, agotado, que transporta una garrafa de agua para subsistir un día más, sin esperar una tiza donde trazas avenidas para su futuro.
Nos ayuda sentirnos ajenos a esta persona y nos agarramos a la piedad por el buen futuro de la pequeña y vital Sofía.
Si en el teleobjetivo del segundo le pusiéramos un espejo, veríamos la sonrisa sádica de quien ha sido inyectado con odio al diferente. Puede ser que un día se dé cuenta que quien le ha inoculado ese veneno, vive ajeno a él y su ciego seguidismo.
No sabemos si en el restaurante vietnamita donde se alimenta del dinero obtenido por ejecutar esos tiros, tendrá ese reflejo de lo que es en realidad; o cerrará su ojo izquierdo para con el derecho focalizar a las personas que les están recriminando ser eso, unos asesinos.
Cuando escapan de esa comida reparadora no nos dicen si necesitan volver al escenario del crimen para terminar de saciarse o seguirán paseando entre humanos a los que no sabemos con que ojo les observarán, por si recibieran alguna orden para convertirse, sólo en eso, seres despreciables, sin empatía para comprender los infiernos que desatan.
Existen muchas Rachel Corrie, a la que arrolló una excavadora, que era conducida por los ojos de odio de un cerebro tomado por las prioridades nacionales que terminan siendo el enriquecimiento de los arriba y el servilismo de quienes en las migajas que comen, se sienten victoriosos porque se las quitan a quienes les han hecho odiar, sin darse cuenta que las echaron en el medio para que se pelearán.
A ella, la tenemos en los bellos dibujos que le hicieron, e impregnada en nuestros actos. Javier Bardem homenajea a las que luchan y, ante todo, visibiliza con los prismáticos de su corazón a esa niña que dejará la garrafa de pie, en el medio de la calle, por si el criminal sació su rabia y pudiera servirle, quizás a otra víctima, o a quien un día quizás sea una médica, sin más patria que el ser humano.
Nunca renegaremos de las Sofía, que atrapan las gotas de alegría para vencer sus males, ni de los ojos de la niña que entran por la mirilla de aquel chico, que pudo ser mi alumno, y le dice, ¿no sería mejor que construyeramos un mundo ajeno a las consignas de quienes nos obligan a odiar, tomándonos como rehenes de una falsa identidad superior?
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