Estaría esperando el autobús, pero leía a Lorena Salazar y la guagua se escabulló como uno de aquellos niños que viajaban en el bote, por la ciénaga, nada menos. No es difícil salir de una, así que atravesarla llamaría la atención a cualquier Ulysses.
A Petro, ya calmado de su pasada actividad, le invadian todos los habitantes de aquel lugar; era en sus sueños; algunas veces, se los cruzaba por la acera, en el lado derecho según acudes al viento.
Sabía que era una atracción natural, igual que la niña en su trayecto a la compra de medicinas, es capaz de olvidarse del motivo de su viaje y actuar como la pequeña que es. Luciano, vecino de Petro, admira el viento porque cree que le sacará de la pesadez de los días, a los que anda clavado y mártir.
El viento, eólo, un dios promete romper las ataduras y volar a los ideales.
Petro, que ha visto algunas de las grandes hostias en su colonia, la de Mari Tere de vértigo, les ofrece velas, con la única condición que tienen que aprender a rizarlas cuando el viento de las certezas, amenazan en huracán. Lo cotidiano le gana a la mayoría de sus convecinos.
Oyen granjas y se les va la mente a su pueblo. Nadie de nuestra época estaría capacitado para saber que con bots, pueden inundar tus cielos hasta creer que las estrellas, todas, son las que te guían al pesebre de la verdad, cada una.
De esta manera, crees volar sobre las aguas, te crees ingrávido.
Cada uno de los que quieres escuchar te dice una verdad más absoluta.
No rizas la vela mayor; esta se rasga, el barco frena de repente, la proa clava en un picado perfecto, te hundes, sin remisión. Miras de frente el fondo marino y aún te crees a quien te miente.
¿Por qué?
Te enseñaron a odiar al diferente. A quien te avisa de las marejadas, a quien te habló de los rizos. A mí, puto calvo.
En tus razonamientos estaba que como iban a tener un chalet.
Eso invalidaba, que le amenazarán de muerte, que le rodearan su lugar de descanso, que era el de sus hijas.
Sucede en pueblos, gente sin responsabilidad en los daños ajenos, acosando por no se sabe que tradición.
Nos les valió que les diera un timón y les enseñará a navegar a través, en ceñida, ni a descubrir como estaba el agua, sus olas y mareas.
Se crearon un imaginario para ya no creer, pongamos a Irene Montero.
Sucede de aquellas hipotecas; por el contrario llegaron las comisiones y no sabe porque bueno, si los múltiples vientos, se vieron defendiendo a gente con casa en el centro de Madrid, de millonadas varias y de ninguna claridad.
Si en Tarifa, dicen que se vuelven locos con el viento, los lugareños
Parece como si nos hubiéramos hecho, todos habitantes.
O, al menos, los Cerimedo y el nuevo amigui del rey, ponen en juego tantos bots, como la grandeza de sus mentiras y si, Petro la dureza de los golpes que se reciben, son terribles, descorazonador.
Países asesiados por piratas criminales que someten un país a su control.
Sus muñecos, en una tragedia gigantesca se dedican a repartir balones y arrodillarse, les han dicho que las religiones a su pueblo les hace confiar en el destino y no actuar.
Algunos días, los canallas reúnen a sus carneros. Les dieron en el clavo con lo de anormales; se rodean de lechazo y se ciegan. Quieren hablar de España y eructan; esos días, algunos rizaron sus velas y les adventan sus gases.
Navegar días, se aprende si se quiere
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