viernes, agosto 28, 2026

La novena que faltaba

  Andaba Marysa dándole vuelta a su nuevo escrito. 

    De alguna manera, intentaba ser comedida porque eso era lo que le habían enseñado en los colegios de pago a los que había ido. 

   Todo era ficticio, cuando tuvieron que amenazar a su padre, porque ella tendía a las descacoquez. El cura que la pretendía fue el que movió todo, en nombre la moral, que es algo que se debía adquirir en algún comercio, pero que él no la había tenido nunca, ni pretendía adquirirla.

    Le parecía de fanáticos, si no de seres desquiciados que en el último momento del día, se creyeran con derecho a patear sobre un lugar que estaba habitado.

    Lo hacían esos mismos que podían aparecer en Ceuta, o que habían salido de la nada más absoluta y que lo contaban como una adquisición en la vida. 

    Quisieran enseñar y admitir en su descendencia toda la rabia que tenían haber vivido en condiciones de miseria o en otros casos, de haber sido parte de los sistema de opresión.

     Contaban con colaboradores necesarios alcaldes y concejales que nunca se habían preocupado de saber el origen de una casa, que era la única que había existido desde el primer momento.

      Gente, se suponía, con dos dedos de frente se acogían a la tradición, que no era que se jugará en unas horas muy concretas, sino dar cancha libre para que empezarán golpeando a cualquier hora. 

     Es un sistema de enseñanza que va dando unos resultados bárbaros, mientras golpeas y acosas al débil, les vas preparando para heroicidades mayores, como tener a un detenido y ejercer violencia sobre él cuando está inmovilizado.

      Si lo añadías con el silencio que existe para permitir, dicen que en una dictadura, llamar hijo de puta a un presidente, el caldo de cultivo era que se había normalizado el ser un canalla y un violento. 

     En unos casos sirve a los poderosos para tomar un mayor control de la sociedad y en el caso del pateo, aquellos que se sintieron inferiores y agradecidos porque se les dejaba jugar en un horario, que parecía normal, ahora en sus nietas y nietos podían dar la satisfacción de ejercer la violencia en un horario amplio.

   Era una sociedad en la que un concejal se podía permitir no responder a múltiples demandas para que se tomarán cartas en el asunto. Y donde se creía que se hacía un bien, cuando se paraba esa violencia con el sonido de las 24 horas. 

   Lo contabas fuera, decía Marysa y desde su tía Camelia, hasta la flor del azahar del nuevo navegante Sauron; a todos ellos se les hacía imposible comprender esa anomalía. El propio Sauron reconocía que por mucho que se hubiera romantizado al Cíclope, en aquellos lugares creían poder cometer todas las barbaridades por las que demandaría a una entidad en su residencia habitual.

   Luchaba por ser gracioso aquel alcalde, cuando, seguro que apoyado y guiado por más de algún aparente neutral león, se negaba a medir la magnitud del desaguisado que estaba provocando.

    Era gracioso pedir serenidad para su presidente, y ser el guia necesario para que se perpetrará aquella canallada que más tenía visos de ser acciones realizadas por seres con graves problemas de interacción social. 

    Le debía parecer gracioso apoyarlos y no haber ninguna explicación. Sería el Pilatos que se lavaría las manos mientras tiraban a una cabra por la iglesia. 

     En eso el acorde de novena es una novedad

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