Distingue al ignorante la arrogancia. Puede parecer muy calmado pero cuando llega el momento de tirar para adelante, se deja llevar por sus lejanos recuerdos, de haber pasado dos o tres veces por el lugar que quiere asentar fue una parcela de su propiedad.
Señala y asegura el mejor lugar por donde pasar sin haber dedicado ni varios minutos a estudiar ni un somero plano y menos uno con gran verosimilitud. En el momento oportuno mostrará rechazo y más tarde pavor porque no tiene ni puñetera idea de adonde se había metido. Tendrá que bajar las orejas ante quien si lo había hecho.
Al ignorante le da seguridad el que él mismo sea juez y parte en sus aconteceres diarios. Alguna vez algo de conciencia le fue a intentar que reflexionara, pero enseguida llegó otro momento de gran acierto por su parte y entonces se banalizó aquel matizado reconocimiento de falta de preparación para opinar.
Acontece que quien conlleva el pesado fardo que arrastra el soberbio, incluso cuando la noche le ha llegado y sabe que a esas horas no sólo es por la falta de luz solar, sino de un buen riego sanguíneo a la mente. Aún en ese instante, de un pequeño detalle querrá hacer una tesis doctoral, de la que por supuesto, una matrícula de honor es lo menos que se merece.
Desorientado, también humillado, sólo una dulce voz le sacará de su ceguera neuronal y ante algun aspaviento demás, le reclamará una compostura que parece perder con cierta periodicidad.
El ignorante hará un último intento por mimetizarse en todos esos seres que han descubierto que un teclado le permiten ser participar en la entronización del canallismo que es de lo que se aprovechan los poderosos para que la ignorancia prepotente se expanda sin ningún rubor.
En esa miasma, las grandes fortunas confunden a la reflexión y análisis de los hechos.
No, este ignorante no tiene derecho a camuflarse y razonar sus descortesias. Tiene la obligación de hacerse participe de los viajes, de querer aprender de los que se informan y en último término, si no quiere cumplir con lo anterior y emprender una odisea, de la que desde luego no es Ulysses, deberá respetar a quien si quiso tomar el timón y afrontar los riesgos que si le habían ido previniendo en sus estudios.
Al ignorante, extirparle la soberbia, cuando enraizo en las entrañas es una tarea hérculea. Ya no tiene que mirar al lado para sentirse parte de una multitud.
Tiene que mirar a la cara a quien le está ayudando y, no asegurar que no volverá a pasar, porque la soberbia es animal grandeza enciclopédica universal; si, por el contrario, asegurarle su agradecimiento y la toma de un barco para encontrar la Penélope tejiendo complicidades
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