El ritmo lo tiene ella sobre el tablao. Espera, arranca, se acelera y manda, para rematar con la ayuda del guitarrista, tocador y cantaora.
Al otro lado, miro, atiendo, si negras, si corcheas, ahora tresillos y oh! semicorcheas y además con silencio y encima se aceleran, mi cabeza se estropea.
Calla, lento, aún más si lo necesitas y recuerda y clama y canta.
Vuelve, te fuiste y ahí estás:
Desarbolado, agotado y vuelves, aunque ahora parece un pozo que te quieres aspirar, tragar.
Verte desesperarte y desistir
¿Cuánto tiempo estuviste con ella?
Exploraste, poco. Ya valía, sin siquiera humedecer la caricia.
Ni la dijiste: el tiempo es nuestro, mientras humedecias sus labios y la repetias, llegaré y te ponías a más:
subías el tresillo por su rótula, y la semicorchea, con su hueco plopiteo al que no dañar y cuidar.
Ella esperaba y te acompañaba y si veía prisa, en los malditos silencios que no respetaba, te cogía la cabeza, te la friccionaba y ¡tranquilo, se esperar!
Te hundías, aún más en sus "humores", quizás era la lengua, un dedo que acompasaba, o una mano que acudía a su boca y despacio, si
La semicorchea era ella, el tresillo, donde andábamos y gritábamos llenos, por los encuentros
No hay comentarios:
Publicar un comentario