Lucy era de una belleza extraordinaria. Eso aún le sirve, pero en aquellos días, iluminaba los atardeceres en los que veía cerrarse el mundo.
Se acercó en silencio, para Juan, pero para mí era como si en sus pasos se estuvieran explosiones; la había mirado y constatado su belleza, pero estar atendiéndome en algunas de las derivas por las que he navegado más de una vez, me hizo aproar la nave, rizar las velas y que ella pudiera subir para indicar la nueva dirección.
Estábamos en nuestra "sala de profesores" y, por aquellos días, creía también la academía de los sueños.
Me rozó con su camiseta detrás de la oreja para susurrarme iniciar un viaje juntos.
Amaba el origen de su asignatura, el dibujo, como a mí, me seducía buscar las palabras para que las alumnas pudieran comprender lo que iban a hacer.
Nunca quise saber de donde venían, ni si en su familia valoraban más dar un empujón a una profesora que pedía dignidad en su trabajo, para ella, pero también para el hijo de quien se lo había propinado.
Fuimos quedando diferentes días y se intuían emociones que me había negado y en las que no tenía esperanzas. Hacía años había frotado en mí lo intangible; aquella primera pareja amante me descubrió la importancia de amar a través de la entrega en el sexo. Que se quedarán impregnados los sabores de su coño, no en la lengua, también transcrito con fuego en las neuronas.
Con ella, iba a romper ese primer tabú, idiota de soñar un futuro, que no tenía ni velas, ni orza que evitaban las derivas.
Su primera invitación, fue cerrar el mundo a las superficialidades de una noche compartida con otros compañeros que no dejaría ninguna huella.
Fue insinuarla y no poner más que ojos como platos que los demás entendieron.
Cuando entré en su casa, aún creía ver la tabla del un atardecer sumido entre nubes salvajes y un sol que las iba dando matices.
Fue atravesar su puerta y aquella anterior belleza, se difuminó entre los faros de un beso que nos dejó desnudos.
Se nos olvidaba cerrar la entrada a la puerta del piso, enfrascados en la recepción a nuestros cuerpos; sólo los pasos acelerados, espasmódicos de quien había empujado a aquella compañera para romperlael tabique nasal, nos hizo entender que ese cielo, necesitaba intimidad y si, un cierto salvajismo, pero sin la violencia dañina de quien recorría las escaleras como en una competición para luego, ser, sólo un ser sometido a ideas intangibles que le ponían como cebo para su fidelidad por encima de su humanidad.
Namely you, Sonny Rollins, sonaba en mi mente; aquellos días, en la cama, la exploraba para que supiera que aquel izado de banderas y travesías por su cuerpo, tenían los puertos de nuestros extásis, nada se asemejaba a cualquier otra ciudad que pudiera haber visitado; sólo era ella. Y se lo explicaba con mis dedos buscando y poniendo los dedos sobre las llaves de sus zonas más íntimas que respondían con un ardor, que la hacían agitarse y nos fundía, hasta la siguiente secuencia de olas en las que queríamos ser, otra vez, viajeros.
En aquellos días, ahogamos la idea del sexo salvaje, porque éramos conscientes de cada lugar de la otra persona, en la que reposábamos para hacerla única.
Tuvimos consciencia de cada puerto y atardecer y de noches interminables, en las que debíamos bajar las velas, porque el cielo estaba en las estrellas de los dedos que surcaban el cielo de nuestro cuerpo. Nuestra boca creaba Perseidas y nuestros labios se apresuraban a atraparlas en el otro.
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