sábado, junio 06, 2026

Antonella y los soberbios

 Tuve un momento, esperando noticias del quirófano que me rebelé contra alguna insinuación de uno de sus antiguos amantes y me puse de un soberbio subido. 

  Ella, Antonella, 5 años antes, caminaba por la ciudad, con un porte señorial. Yo, venía de unos tiempos oscuros y había salido de aquel antro, desquiciado porque aquel saxofonista había hecho unos solos que me habían explotado la cabeza, ya, de por si, con algún dispuesto a la ignición.

  Paré y quise recrear algunos de los ritmos que había escuchado, me puse a bailar y ella se quedó mirando; me imagino que tanteando si aquello podía ser una especie de danza de cortejo o tenía un peligro escondido; nunca me dijo como pasé la evaluación, pero después de unos minutos, se acercó y al oído, me despejo de unas ensoñaciones más o menos equilibradas y confirmó que me llevaría desde esos bailes más o menos humanos a unos tántricos. 

   Pare, agaché la cabeza, poco a poco fue los ojos, y si, luego la cabeza y la miré a los ojos, y si hubiera tenido la intención de taladrar su resistencia, fue ella quien penetró en mi cerebro y rompiendo todas las limitaciones de los ligamentos que nos sustentan, hizo que me aproximara a ella, y cara a cara, a 5 centímetros, sacó su lengua y antes de poseer el interior de mi boca, recorrió un bigote incipiente y una barbilla que temblaba. 

   Mentiría si dijera que no nos conocíamos de antes. Habíamos pasado algunos instantes juntos, porque siempre, incluso en algunas sesiones conjuntas. Todo parecía frugal.

   Cuando exploró por entre las encías y el paladar, me vibraba el cuerpo entero, donde la rodilla mostraba un peligroso temblor. 

   Sentía que aquellas encuentros, trabados de palabras, iba desprendiendo las ropas para que las caricias buscarán la piel en su bello cuello; un tronco, con tersos admirados tersos pechos, que terminaba en una pelvis que en aquellos instantes, se aproximaba tanto para una excitación que hacía tiempo, casi había olvidado, mi pene, apenas controlaba y ella,  buscaba que las palmas de mis manos admirarán la perfección de su trasero.

    Tuve que volver a la realidad del quirófano y percibir el odio que me lanzaba Pedro y la rabia de Juan, para percibir el dolor de ese momento y sí, ante tanta violencia, me elevé y sentí la soberbia de haber vivido durante esos cinco años, con Antonella que me había despojado de tantos miedos; me había ayudado a trabajar los pequeños detalles para corresponder los grandes sacrificios que ella había tenido que hacer para acercarse a mí, aquella noche en la que ella, soltó las amarras de un barco en un puerto seguro y salió a altamar, allí donde yo me sumergía en otra tormenta perfecta de la que volvería a quedar en medio del océano.

    Existen tantas Antonella que tienen el valor de soñar y darse cuenta que existen rumbos, donde los cíclopes, sólo miran sus mundos prefabricados que les aceptan como escaparates de sus nadas.

    A Antonella Petro, para que sus Itacas, la hagan marinera que atraviese mundos que la hagan ser ella misma.

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