martes, junio 16, 2026

Aprender en cuentos ajenos. Los tiempos cambian

   Tengo árboles encarcelados y querellas contra los que piden transparencia y en pie pequeñas estatuas vivas que son los activistas, al que el lugar donde viven no les es indiferente, Guadalajara.

    A ellos les escucho sus historias y sobre una mesa, o mejor, una piernas trazo un historia de un lugar mágico.
    Ocurrió no hace tanto tiempo. El viajero impenitente seguro que lo dataría el origen y el porqué del lugar, pero años después. Cuando el mundo tenía la amplitud de los pasos y la resistencia de los animales de cuatro patas. 
     Se acordó que un tiempo para el asueto y la convivencia, que era mucha y para nada se tiene que tener idealizada, pero si desarrollará con sus más y sus menos, "sus dimes y diretes"; que en la plaza se pudiera disponer de una pared para que hubiera justas con la "pelota a mano" donde jugadores expusieran sus habilidades e incluso se tuviera la oportunidad de retar a las gente de pueblos cercanos.
    Todo se hacía en su justa medida de tiempo y uso, porque aquello era una vivienda y no parecía lógico que quien cedía esa pared, perdiendo incluso un balcón, tuviera que soportar horarios sin fin y partidos encadenados a otros.
  
    Pasó el tiempo y poco a poco fueron desapareciendo, muchas de las personas que emigraron buscando un trabajo que allí, se tenía que repartir entre muchas personas. También se irían, asustados, quienes vieron que una violencia gratuita e institucional se ejercía para tenerlos atemorizados. 
    Marcharon a unos lugares, a veces, más sombríos, otros de luz, quienes habitarán aquella vivienda, que había cedido su pared para juegos de convivencia. 
     La gente ya volvía a este lugar en su tiempo de ocio y aquel lugar ofrecía una pared de una casa deshabitada, durante más de 60 años, que invitaba a juegos eternos y componentes intercambiables, por la amplitud de horas cedidas
      Con el tiempo, alguien, descendiente de alguna de los habitantes de aquella vivienda, volvió y de forma escalonada se fue percatando que aquella "no limitación" en el uso de lo que era la pared a la que se había adherido, a todos los niveles, otra, producía una violencia por la duración y la contundencia de los materiales con los que se golpeaba aquella pared.
       Nadie, ni quiso, ni parecía querer enterarse de las situaciones que se vivían dentro. 
       Habían hecho costumbre, de algo que, ya no permitirían en los sitios que ahora habitaban. 
         No dejarían que sus hijos jugarán en una instalación deportiva atravesada por una carretera
         No permitirían que aquellas instalaciones pudieran golpear de forma aleatoria y violenta a coches, y sobre todo personas, que en la mayoría de los casos estaban ajenas a lo que se desarrollaba no muy lejos.
        Alguien había afirmado que los tiempos habían cambiado
          En aquel momento no se le contestó, pero tenía toda la razón.
       Allí, aquella pared, incluso la nueva, pero que formaba parte de la anterior no podía ser aquel lugar de encuentro de los orígenes y primeros años, porque ni en horario, ni en materia, ni en la forma de espacio había una lógica de uso.
      ¡Cómo no tener miedo a que muchas familias transmitieran que eso había durado cien años!; y que lo hicieran no como un agradecimiento para haberles dado este tiempo de uso, aún en la ilógica que ya llevaba mucho años teniendo su uso. 
       Si no que lo transmitieran como algo que se les quitaba.
       Se pidió a quien se debía hacer, un reglamento de uso de lo que se suponía era una instalación deportiva y se preguntó por el responsable que debería asumir las consecuencias o de defender su uso. 
        Nunca había respuesta por parte de las autoridades.
        Lo que confirmaba aún más que su uso injustificado era parte de una violencia y acoso que debieran asumir quien la ejecutará
         Colorín, colorado, me he puesto calor en la espalda, porque estoy muy jorobado
      

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