Acabo de pasar corriendo y Elsa me ha silbado; yo le he lanzado un beso, con una de mis ramas y acariciando las nacientes hojas, las he mandado que la cubrieran
Toco para salir del ciclo y ella canta, para iluminar la ruta.
Largo viaje y días repetidos, se derriten en los abrazos de voz.
Todo está por descubrir y el comienzo es antes.
Dejarse guiar, no olvidar coger el callejero y recorrerlo poniendo chinchetas en los lugares donde se impresionaron tus recuerdos.
Plantearte cambiar las visiones de aquellos tiempos, porque tu no puedes ser la medida de todo lo que hiciste; aprender que tus actos te marcaron y no puedes volver sobre ellos, pero que había gente, saliendo de otras atalayas para confrontar sus mundos, en aquellos espacios comunes.
Saber que estás encerrado o por unas rocas que te parecen violentas de superar, o por ideas en las que transcurren tus seguridades, o por unos kilómetros de nieve que te parecen el fin del mundo y a ciento cincuenta metros existe otro mundo, libre de los miedos que el hielo produce.
Te rodeas de certezas y has aprendido que detrás de aquella colina, puede quedar un pico al que llegar o un valle por el seguir luchando como las aguas entre piedras que hará romas pero mientras las someterán a giros, saltos, vacíos en las que una parecerán haber entrado en una contra de la que no encuentra salida y se agarrarán a un hilo que las saquen y otras creerán, allí, haber encontrado todas las certezas con las que justificar una vida.
El libro de Violaine para retomar lecturas, que parecen sencillas, como el comienzo de aquella bajada en Pirineos, que te arrojaba a un prado, donde alguien puede encontrar el sentido a la vida, porque le sea más fácil entender a las vacas que se protegen con los contactos compartidos, desconocidos para nosotros; y por el contrario, está muy por encima de quien suelta palabras, de un lenguaje conocido, pero significados anclados a las fobias de los apriorismos y las verdades infinitas de los que viven encerrados sin ventanucos por donde mirar los mundos que se le están cruzando.
Por nuestras sendas, árboles desgarrados de sus raíces se sujetan en sus caídas a sus compañeros, pero son conscientes que vientos, rayos y lluvias les quitarán la última unión con la tierra y el esplendor de sus días y de sus ropajes.
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