viernes, abril 10, 2026

Declararse no existido

 Héctor Abad en "El olvido que seremos", nos da los mínimos detalles de su vida particular y todo lo que la rodeaba en aquella sociedad colombiana tan diversa en la que él mismo crecía antes que asesinaran a su padre.

  Nos mete en los olores de la casa, de la cama del padre que tiene que salir a airearse de la ciudad, de la Universidad porque la sociedad calla y acepta la injusticia de la vejación y de la mentira, que él está denunciado

  Lo cotidiano tenía el contraste del rezo del rosario de una parte de su familia y, por otro, la lucha por higienizar las poblaciones para eliminar los motivos de tantas defunciones, y la violencia que había de generar, en aquellos años, hasta 400.000 muertes.

   No es bueno que una sociedad admita como persona válida una juez que obvia que le dieran diez descargas de Táser a Haitam; ni tan siquiera es bueno para la policía. Puede ser un alivio para las personas que hacían el servicio en ese momento; pero ejercer terror para producir orden, nunca fue bueno. 

   Aún a pesar de saber que las personas tienen la capacidad de crearse relatos falsos para sobrevivir, incluso con comportamientos, en apariencia modélicos. 

  Quedan, sin embargo, esos polvos de la injusticia flotando y se volverán a repetir otros lodos, de los que siempre esperamos que no nos alcancen a nosotros. 

   Un día llega a nuestra ciudad un impune villano, enriquecido en pagas públicas, que protegido por las fuerzas de seguridad, afirma que la violencia nos está ganando. Estos que apartan a quienes hace esa afirmación falsa, callan, como lo hicieron en el asunto propio y tiempo más tarde se ven ejecutando órdenes que saben que no tienen nada que ver con una convivencia, con sus problemas pero que primero, nunca ha sido desbordada por la población migrante y segundo, son muchos poderosos quienes explotan, denigran y expulsan, primero a gente de fuera, hasta que llega a los que ya nacieron aquí o se naturalizaron . 

   Verse protegido un grupo de esas personas que no aplicaron la ley, es igualarse con esos ICE, algunos enardecidos, tras ser liberados de un asalto al Congreso, a los que se les ha dado galones e impunidad para ejercer la violencia, poco a poco, sobre todos.

    La vida de una persona migrante debiera ser puesta en la balanza de los estudios que realizó esa juez; si no la valora, ni para cuestionarse que pasó es que estamos en un peligro muy grande. 

   Lo llevamos viendo porque existen primaveras muy bonitas; historias de aquel amigo que desapareció, o aquella amante que decidió asegurar un futuro fuera del lecho, o aquel beato que había pasado por aquella institución que tanto habían marcado la sociedad a la que subyugaba. 

  La profusión de detalles de Héctor nos mete en los diferentes espacios en los que habita. Nos sitúa dentro de la universidad que fue testigo de la violencia sobre su padre, que no fue inocente sino que llevó a justificar ante muchos de ciudadanos, su asesinato.

   Lo dejamos pasar, los actos tienen brazos que se extienden sobre la hiedra y un día pasa y siempre tenemos una fuerte para lavarnos las manos y cegar una parte de nosotros mismos, para sobrevivir con nuestro silencio culposo, sabiendo que no estamos sólos en nuestra ignominia, como si eso fuera un alivio.

    Cuando sales del cascarón en el que te encierras y ves que existen personas que no pueden obviar esas partes que otros encierran con dos candados y cuatro vueltas a cada una, valoras a estas personas y si, las pueden llamar enfermas o débiles que caminan y necesitan ayudas pero pueden crecer: Están los otros que entierran los venenos, que pudre la tierra sobre la que planta silencios, nunca para hacer crecer sociedades

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