miércoles, noviembre 04, 2026

Si hubiera estado en esa papeleta

  La madre, cuando le preguntaba al hijo sobre quien se había comido el chocolate y este le empezaba a contar los toques que daba al balón, se sentaba, cogía una taza, lo llenaba de un café humeante, seleccionaba una pasta y le daba un mínimo mordisquea que empezaba a mover por toda la boca, con una quietud, que le lanzaba a seguir contándole el control que también tenía con una cabeza. 

  Entusiasmado la explicaba la técnica para que le recorriera el cuello. La decía capacidad para el contorsionismo que había aprendido viendo a una serpiente que había por el campo que se extendía cerca de nuestro campo. 

   Ahí hacía trampa, sabía de su aprensión hacia dicho reptil y por unos momentos sus movimientos con la boca se aceleraban y veía que tenía que pasarse un pañuelo por la boca.

   Tras unos minutos más, donde a decir verdad, contaba las habilidades de Dudo y no las suya, Carmelo, por cierto. Cuando se había comido la galleta, se giraba hacía la escoba, se volvía y era el momento en el que sacaba la tableta del cuaderno, en el que pretendía estar haciendo los "deberes".

    En días como estos, de recuerdo a la madre. Escribía cuentos; no quiso publicar ninguno. Cuando vino de Argentina, dos años después de su muerte, en la que no la pudo acompañar; recorriendo la casa en la que habían vivido y que pretendía que lo fuera para el futuro, encontró un libro encuadernado por ella misma, pasó a leer uno, que recordaría siempre:

     Érase un vendedor de los tiempos antiguos; de los que iba por los pueblos, se anunciaba por las callejas y anunciaba que estaría en la Plaza. 

     Allí hablaba con una agilidad que rejuvenecía a su madre, decía mamá. No tardaba ni treinta segundos, lo que por la tarde recorrería en 5 minutos.

    No siempre le compraban, no hubiera sido posible, pero le escuchaban arrobadas, unas. La presencia de Rafa era luminosa desde sus 1,80 que en aquellos tiempos era una excepción.

    El mercader contaba lo que le había pasado en el pueblo anterior. Como había vendido unas sábanas, de las cuales sólo le quedaban dos, a una de las que todas sabíamos que era de las familias más ricas de la comarca.

    La abuela las revisaba una y otra vez. El mozo la llamaba joven; la hija que había estado sirviendo por Madrid, sabía que aquel juego, era, sino un timo, si un engaño por una calidad muy normal; no hubiera durado,  durante los años que llevaba recorriendo aquellas provincias cercanas, si que se podía considerar de una normalidad como la luz que se despierta todos los días.

     Cuando llegó la tele; un día la abuela que ya no veía mucho, sentenció quien está hablando es Rafa ¿no?

      Mamá leía, levantó la vista y prestó atención a la imagen y se aseguró de ver a un candidato de las próximas elecciones pero no, no era el nombrado

     La abuela ese día se explayó sobre las formas de los que dijo, son los vendedores de cualquier cosa.

Se levantó y se dirigió hacía una cómoda, con un cajón, que ni a su hija le había permitido abrir en todo estos años.

     Sacó una llave, sujetada en algún lugar cercano a sus pechos y la introdujo en la cerradura de esa parte del mueble.

     Había unas sábanas de una calidad superior. 

      Fue una tarde larga, nos contó cómo había salido del pueblo, muy joven, persiguiendo a un padre que había padecido prisión.

     Había trabajado en casa de una familia que la explotó, hasta el día que murió Fernando, el señor; la señora la había dicho que se tenía que ir de la casa y le regaló ropa de la casa de primera calidad. 

     La abuela Rosa, cuando acudía al coche del vendedor ambulante, sabía lo que este vendía y en ciertos lugares, corría el rumor, pretendía; pero quería obligar a una deslumbrada hija a que conociera lo que había detrás de aquel parlanchín.

     Rosa nos contó, recordó a Lupe, la madre, como se las invitaba a entrar en aquella gran furgoneta. Después de las sábanas, con la atención ganada, se pasaba a prendas más íntimas, para probarlas. 

    Los hombres solían estar en el campo, allí, también acudían Soco y Mila que debían ayudar a un padre, Higinio que no se recuperó, nunca de heridas físicas y emocionales. 

     Rosa, el día que Lupe se entusiasmó más con hombre que con la ropa íntima, contaba como incidió una y otra vez, en ver más sábanas.

     Fue una semana a su definitiva partida; 

     La madre la dijo que aquella papeleta la compró ella, con unas sábanas mediocres. 

    No quería ni imaginarse si hubiera estado su hija en aquel lúgubre espacio trasero, donde siempre el apuesto Rafa, encontraba alguna excusa para entrar, una vez conseguida que la víctima estuviera "entre bambalinas".

     Hoy es la madre Lupe la que destripa la realidad de un charlatán que se vende como apetecible. Ahora el hijo de aquel goloso, tiene una tabla de todas las realidades que hay detrás de aquel ser pretencioso que es el global de aquella figura local, Rafa.

      Mucho hablar, pocas realidades. Enriquecimiento personal y destrucción de niñas, en su momento, familias extranjeras ahora, y en su codicia, empobrecimiento también de los suyos, porque "todo se aprovecha".

      La imagen de la serpiente que baila y pretende exorcizar a quienes les darán poder y dinero para su uso personal es la que se ve en tantos países; ayer Argentina, hoy Estados Unidos, y mañana...., tenemos la obligación de desnudar a las alimañas que devoran muertos con una saña, nada humana.

      El bífido sacia su hambre; los mercaderes buscan saciar la suya y la de quienes suministran mercancías para ser aún más ricos.

      A las plazas acuden mujeres y hombres para tejer redes, donde los Blocus no queden más que como lo que son, otros Rafas; estos peores, porque no tienen un producto que vender; sólo son "mamarrachos" expandiendo violencia para deteriorar la convivencia y echarnos en manos de Ui, sean Arturo, Donald, o Daniel

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